Héctor Raúl González Mendoza
-Anda abuelo di que sí. Siempre me dices que sí y a la mera hora te inventas algo que hacer. Tú me has dicho que una buena persona nunca debe romper sus promesas y tú cada semana lo haces…
-No hija; entiende que si no arreglo esta pata, nadie más lo hará. No quiero que tu abuela, en una de esas, se quiebre la cadera en dos todo porque yo no arreglé a tiempo la pata de esta silla.
-Pero abuelo, la pata puede esperar y…
-Las luchas también…
-¡No! porque hoy pelean a los que nosotros les vamos… y es la primera vez que están aquí tan cerca. Ándale di que sí, te prometo que te ayudo a arreglar la pata cuando regresemos.
Mi insistencia debió ser tal, que el abuelo aceptó llevarme por primera vez a las luchas. Desde ese momento recuerdo todo lo que pasó… cada palabra que pronunció; cada mirada que lanzó. Recuerdo todo: recuerdo como tenía esos ojos que solían decir que algo no estaba bien, que no era buena idea ir a las luchas. En verdad no lo era.
-Cómprame la máscara ¿sí? dice la señora que están de oferta.
-Si compramos la máscara tendremos que regresar caminando a la casa…
-No importa, nos regresamos caminando, cómpramela… por fa.
Entonces puse la carita que a mi abuelo siempre convencía. Con esa carita conseguí los patines, las muñecas, los libros de iluminar, los guantes de box… Me abrochó la máscara y después de comprar los boletos, entramos.
Era demasiada la gente que nos impedía llegar a nuestros lugares. Cuando por fin lo hicimos, el abuelo se sentó. Parecía cansado.
Hoy ya no siento culpa. Al menos no tanta, pero sigue doliendo…
-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Mira! ¡Ya vienen! ¡Ya vienen saliendo!
-Siéntate hija, que te vas a caer de la silla, ¡anda hazme caso!
Salió el villano Perro Tosco y comencé a gritarle cosas feas: ¡Eres un mal luchador! ¡No sabes pelear! Cosas que desde la sala de la casa solíamos gritarle. Y cosas feas que los demás gritaban: ¡maldito perro faldero! ¡No sirves ni pa´carnitas! Mi abuelo trató de sentarme pero no lo consiguió.
Cuando el enorme luchador rudo llegó a donde nosotros estábamos, trató, sólo amenazándome, de darme un fuerte golpe…
-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Me pega!
La cara del Perro había cambiado y la de mi abuelo también. Aquél ya había bajado las manos y su cara era de susto, de espanto… la de mi abuelo era cara de muerte: sus ojos en blanco, su boca abierta y sus manos en el pecho.
Tenía razón, no fue buena idea ir a las luchas.
Hoy puedo decir que a mi abuelo, que en paz descanse, lo mató el pinche Perro Tosco y a mi abuela la dejó chueca una silla sin componer.








































