El lado Héctor Raúl de la vida

Marzo 8, 2007

8 de marzo, nada qué celebrar

Archivado en: Literatura, Opinión, Periodismo — Héctor R. González @ 11:01 am

Antes de que salga el sol, doña María ya está de pie. Todos los días despierta y se levanta de la cama acomodándose el cabello alborotado frente al espejo de media luna, roto a la mitad.

Sale de su recámara sin hacer ruido para no despertar a su marido que aún sigue durmiendo. Se dirige a la cocina caminando entre la ropa sucia y revuelta tirada en el piso gris, agrietado y polvoriento. Con apurados pensamientos toma la cubeta verde que utiliza para transportar las bolsas de leche. Se apresura y sale a la calle iluminada aún con el escaso alumbrado público que en ocasiones funciona.

Luego de recorrer tres o cuatro cuadras llega a la distribuidora social. Hace fila durante diez minutos, tiene frío, pero ya está acostumbrada.

Media hora más tarde, de regreso en casa, despierta a sus cuatro hijos para que se vayan a la escuela. Dice que son unos holgazanes, que no le ayudan en nada y que seguido se meten en problemas, pero asegura no arrepentirse de haberlos traído al mundo.

Su marido sigue durmiendo: ayer fue miércoles y no llegó a comer ni a cenar porque se le atravesaron unos amigos que hace tiempo no veía y le fue imprescindible celebrar su encuentro brindando con caguamas en alguna banqueta de la colonia.

Mientras sus hijos se bañan, doña María prepara unos huevos revueltos en un sartén oxidado y ennegrecido a causa de las llamas azules que se desprenden de la vieja estufa amarilla.

De la recámara del fondo, junto al baño, a través de la cortina que funciona como puerta, aparecen uno a uno los chamacos –así les dice su mamá.

Como si no hubieran comido en días, los cuatro devoran su desayuno; luego van por sus mochilas mientras ella acomoda un poco el desorden que dejaron sobre la mesa… no va a desayunar, cuando regrese de dejarlos en la escuela quizás se tomará un café con pan, ahora ya no hay tiempo: si sus hijos llegan tarde, el conserje los pondrá a barrer la explanada y eso a ella no le gusta.

Con una mochila en cada hombro camina doña Mari, siguiendo el apresurado paso de sus hijos. El sol se asoma y a la mitad del camino, el niño más pequeño le recuerda que debe pagar la cuota de la próxima excursión. Con un cambio en la mirada de doña María que pasa de tranquilidad a preocupación y enojo sólo atina a contestarle que es a su padre a quien debe pedirle el dinero. Aunque la respuesta es sólo para el pequeño, la mirada la dirige a todo el grupo.

Al llegar a la escuela, los chamacos se despiden de su mamá con un beso en la mejilla y luego de la bendición a cada uno salen corriendo a sus salones.

Mientras los ve correr, se acerca su prima chica, la saluda e intercambian sonrisas hasta que doña María se entera que su marido salió otra vez de la cantina acompañado por sus amigos y por unas mujeres: no le importa, ya está acostumbrada.

Con la mirada perdida, como recordando tiempos mejores, saca de una bolsa de supermercado la libreta de taquimecanografía y un catálogo de cosméticos. En la libretita apunta los pagos de la tanda y los abonos de las ventas; en el catálogo aparecen desde lápices labiales hasta recipientes plásticos de obsequio.

Desafortunadamente la prima chica esta vez no le ha encargado nada nuevo ni le ha pagado nada viejo. Así, sus esperanzas de tener dinero para la comida de hoy se le han esfumado de las manos: de nuevo a pedir fiado pero, no importa, ya está acostumbrada.

Otra caminata la lleva al mercado que huele a fresco y rancio al mismo tiempo, a pescado y chicharrón recién cocido; focos de 60 watts aumentan los encantos y resaltan los colores de las frutas y verduras. Doña María observa detenidamente los cartones pegados a palitos de madera que le gritan los precios por kilo.

En la carnicería pide fiado medio kilo de chicharrón; en la verdulería, una cebolla, medio kilo de tomates y un puñado de chiles verdes. El menú de hoy: chicharrón en salsa verde con frijolitos refritos de ayer.

Tras prometer el futuro pago a los marchantes regresa a casa y en el camino se hace de un kilo de tortillas y dos litros de refresco.

Al llegar a lo que ella llama su hogar, se toma el café prometido y un bolillo duro que al contacto con el líquido aromático se vuelve blando y masticable.

Comienza entonces la labor extenuante de limpiar, barrer, sacudir y trapear; lavar la ropa y tenderla; lavar los trastes y asear la cocina mientras los tomates hierven.

De fondo escucha las voces de las conductoras del programa de televisión “Con sello de mujer”, pero con volumen moderado para no despertar a su marido: está crudo y no quiere que le pegue.

Por fortuna sus hijos regresan solos a casa y no tiene que preocuparse por eso.

Su marido despierta y con cara de pocos amigos llega al lugar donde ella se toma un breve, brevísimo descanso… lleva prisa rumbo al baño y no la nota.

Doña María al escuchar que su marido azota la puerta negra y cacariza, sostenida sólo por dos débiles bisagras, se convierte en un manojo de nervios y la calma y tranquilidad que aparentemente disfrutaba se transforman en miedo y ansiedad.

No sabe qué hacer ni cómo hacerlo: camina de un lado al otro, toma cosas y las vuelve a dejar sin usarlas, olvida dónde las pone. La comida todavía no está lista y su marido seguro tiene mucha hambre.

Intenta calmarse y procura que la comida pronto esté preparada: aumenta la intensidad del fuego.

El señor alto y con bigote descuidado sale del baño demostrando aparente serenidad; se dirige hacia ella. Sus miradas se encuentran. Se miran en silencio. Él recorre con la vista toda la casa; se quedan callados. El momento es muy tenso pero lo imposible ocurre.

El esposo de doña María camina hacia ella con pasos cortos, la abraza y la besa en la mejilla; ella, inmóvil, recibe el beso encogida de hombros… con miedo. Antes de salir de la casa, su marido la vuelve a ver y entre dientes le dice que regresará en un rato.

Doña Mari, con un suspiro de alivio se relaja y continúa con sus labores. Dice que a recibir besos de su esposo no está acostumbrada.

Al menos hoy, doña María no tiene nada que celebrar y este día no tiene diferencia alguna con otros días de su vida de casada.

La rutina determina su condición de mujer, de esposa, de ama de casa y de madre; rutina que seguirá realizando hasta que la muerte los separe.

Feliz día de la mujer, aunque no todas tengan algo que celebrar además de su supervivencia.

Noviembre 25, 2006

Las luchas vol. 1

Archivado en: Literatura — Héctor R. González @ 1:04 am

Héctor Raúl González Mendoza 

-Anda abuelo di que sí. Siempre  me dices que sí y a la mera hora te inventas algo que hacer. Tú me has  dicho que una buena persona nunca debe romper sus promesas y tú cada semana lo haces…

-No hija; entiende que si no arreglo esta pata, nadie más lo hará. No quiero que tu abuela, en una de esas, se quiebre la cadera en dos todo porque yo no arreglé a tiempo la pata de esta silla. 

-Pero abuelo, la pata puede esperar y…

-Las luchas también…

-¡No! porque hoy pelean a  los que nosotros les vamos… y es la primera vez que están aquí tan cerca. Ándale di que sí, te prometo que te ayudo a arreglar la pata cuando regresemos.

Mi insistencia debió ser tal, que el abuelo aceptó llevarme por primera vez a las luchas. Desde ese momento recuerdo todo lo que pasó… cada palabra que pronunció; cada mirada que lanzó. Recuerdo todo: recuerdo como tenía esos ojos que solían decir que algo no estaba bien, que no era buena idea ir a las luchas. En verdad no lo era.

-Cómprame la máscara ¿sí? dice la señora que están de oferta.

-Si compramos la máscara tendremos que regresar caminando a la casa…

-No importa, nos regresamos caminando, cómpramela… por fa.

Entonces puse la carita que a mi abuelo siempre convencía. Con esa carita conseguí los patines, las muñecas, los libros de iluminar, los guantes de box…   Me abrochó la máscara y después de comprar los boletos, entramos.

Era demasiada la gente que nos impedía llegar a nuestros lugares. Cuando por fin lo hicimos, el abuelo se sentó. Parecía cansado.

Hoy ya no siento culpa. Al menos no tanta, pero sigue doliendo…

-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Mira! ¡Ya vienen! ¡Ya vienen saliendo!

-Siéntate hija, que te vas a caer de la silla, ¡anda hazme caso!

Salió el villano Perro Tosco y comencé a gritarle cosas feas: ¡Eres un mal luchador! ¡No sabes pelear!  Cosas que desde la sala de la casa solíamos gritarle. Y cosas feas que los demás gritaban: ¡maldito perro faldero! ¡No sirves ni pa´carnitas! Mi abuelo  trató de sentarme pero no lo consiguió.

Cuando el enorme luchador rudo llegó a donde nosotros estábamos, trató, sólo  amenazándome, de darme un fuerte golpe…

-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Me pega!

La cara del Perro había cambiado y la de mi abuelo  también. Aquél ya había bajado las manos y su cara era de susto, de espanto… la de mi abuelo era cara de muerte: sus ojos en blanco, su boca abierta y sus manos en el pecho.

Tenía razón, no fue buena idea ir a las luchas.

Hoy puedo decir que a mi abuelo, que en paz descanse,  lo mató el pinche Perro Tosco y a mi abuela la dejó chueca una silla sin componer.

Octubre 17, 2006

De que los hay los hay

Archivado en: Literatura — Héctor R. González @ 10:15 am

Héctor Raúl González Mendoza

 

I

-No pude frenarlo… ¡Ya sabes que no se puede! No sé por qué me regañan, si ya saben…

-Sí, ya sabemos, pero no tienes porque llorar. No fue tu culpa, sólo te estábamos preguntado.

-¿Pues qué quieren saber! Si fue como todos… yo ya casi llegaba, no traía mucha velocidad pero sí fue suficiente para partirlo en dos… o en más… todavía no sé. Yo lo vi clarito… estaba nomás esperándome: vio la luz y así, nada  más se aventó. Ahí frené pero ya estaba abajo, todo hecho pedacitos.

 

II

-¡Oficial! ¡Oficial! ¡Yo lo vi todo! ¡Pregúnteme a mí! Yo le contesto lo que quiera, pero pregúnteme a mí. ¡Santo Dios, pobre muchacho!

-Ya señora, tranquilícese y díganos ¿qué vio?

-Pues el joven ahí estaba solito sin molestar a nadie, bueno su cigarro sí molestaba porque olía raro, pero fuera de eso no estaba molestando a nadie. Estaba bien tranquilo, ahí paradito. Luego ya ve como son esos escuincles de la prepa. Siempre andan con su griterío y su relajo. Parece que nunca salen y cuando salen a todos empujan…

-Bueno… sí… pero díganos sólo lo relacionado al accidente…

-Pues miren, esos muchachos, esos que están allá escondidos con el otro policía bajaron corriendo las escaleras. Desde ahí yo supe que iban a causar problemas, porque ya los conozco, ya los conozco. ¡Válgame Dios,  pobre muchacho! Ahí estaba paradito. Solito, sin molestar a nadie…

-Bueno y ¿qué le hicieron los chavos de la prepa? ¿Ellos lo empujaron?

-¡No Dios mío, no! ¡Cómo pasa usted a creer eso! No, ¡qué bárbaro! Ellos sólo con sus gritos, yo creo que hicieron que el muchacho saltara… de miedo. Ire vea, ellos estaban en las escaleras y uno de los jovencitos, ese que tiene los pelos rojos y parados,  jaloneó a la niña que está sentada llorando en las escaleras y yo creo que  la espantó porque pegó un grito, ¡Ay! Que casi me deja sorda.  Eso fue lo que yo creo asustó al pobre muchacho que se cayó a las vías… ¿Está muerto?

-Muy bien señora, ahorita  regreso…  Vieja loca…

 

III

-No señor, nosotros no hicimos nada. Veníamos bajando las escaleras…

-Corriendo y gritando…

-Sí, pero sin molestar  a nadie. Y entonces estábamos jugando mientras venía el metro.  Yo la jalé a ella  porque el metro ya venía y yo tenía que llegar rápido a mi casa. Entonces después de que la jalo, ella grita.

-La señora dice que  eso provocó que se cayera el muchacho…

-¡Eso ni es cierto! Porque después de que Lisa gritó pasó un ratote para que toda la gente comenzara a gritar. Fíjese: yo la jalo, ella grita,  me jala a mí y se sienta en las escaleras. Después de eso fue cuando la gente comenzó a gritar como loca. Y más esa señora gorda con el vestido de flores… Ya ve, pasó mucho tiempo.

-Ok muchachos, nomás no se nos vayan, espérense  aquí…

 

IV

-Pues yo no sé.  ¡Ay! Apenas terminaba de darle el cambió a la doña cuando siento que el metro se frena  y hasta allá  voy a dar.  El discman se partió y todos los discos salieron volando. Ya los conté y me faltan… pinche gente ratera…. ¡Ay!

-Ya le dije que no se mueva. No es profunda y no necesita puntadas. Sólo la desinfecto y ya se puede ir.

-¿Y entonces ya saben quién era?

-No todavía no, ya sabe que esto tarda mucho.

-Sí y yo con mi rajada en la cabeza y sin  poder vender discos. A ver en qué otro me dan chance. Pinche gente inconsciente ¿no? Se avientan al metro sin saber los problemas que nos causan a uno…

 

V

-¿Hijo mío? ¿Ya recuerdas?

-No. La neta no.

-Pero ¿cómo Hijo? ¿Te empujaron, te resbalaste, te aventaste? Dime qué pasó.

-No sé. Yo estaba acá bien relax con el porro. Apenas y la estaba sintiendo. Es que la Lupita me dejó.  Se fue con el Greñas. Ya sabes ¿no? pa´l  ánimo le estaba jalando.

-Y por eso te aventaste…

-No, si no soy tan radical… la quería pero no era para tanto. Nomás estaba tristón. De lo único que me acuerdo es  de eso: Unos chavillos gritando y jugando; luego oí el ruido del metro que ya venía. Entonces  apenas iba a apagar el churrito cuando dejé de oír todo. Y ya luego desperté acá… ¿Qué? ¿Estoy muerto?

-Ay Hijo mío. De que los hay los hay…. pásale y regístrate.

Octubre 13, 2006

El gordo cocodrilo pasado de lanza

Archivado en: Literatura — Héctor R. González @ 1:31 am

Por Héctor Raúl González Mendoza

I

El día que lo iba a matar me desperté más tarde que de costumbre porque la neta no quería que ese día comenzara…

Esa noche soñé con el trabajito. Soñé que un güey nos hablaba por teléfono de urgencia para avisarnos que todo se cancelaba porque que ya le habían pagado su pinche lana. Soñé que en la mañana, cuando despertaba, alguien ya se lo había chingado y yo sólo lo veía en la tele… pero el de la tele al otro día iba a ser yo…

Me despertaba a cada rato, sudaba un chingo, daba vueltas en la cama… estaba nervioso como nunca antes había estado… iba a la cocina, le jalaba, trataba de controlarme y me decía a mí mismo “no seas puto, esto ya los has hecho muchas veces, la única diferencia es que este güey es famoso…”

Me desperté a las diez de la mañana y los demás ya estaban esperándome. Nadie se había retrasado ni tantito como otras veces. A nadie ese día le había pasado algo para que llegara tarde. Muy a mi pesar, las cosas iban saliendo bien fregonas.

Todavía resuenan en mi cabeza las palabras que el Arellano me dijo: “que te salga bien cabrón, este pendejo me debe mucha lana y no quiere pagar… tú vas a ser el encargado de partirle la madre, para que todos sepan, que con el Jefe no se juega…”

Pues sí, le dije, bisnes son bisnes.

Es una lástima que en ese entonces mi negocio no fuera tan bien como ahora porque yo le hubiera pagado la lana a ese cabrón…

 

-Sí, pero él no lo mató. Desde donde le veas, ese güey no lo dejó sin jeta…

-¡Por eeeeso! Por eso te digo que es una lástima que mi negocio no jalara tan bien como ahora. Porque la neta de la lana que nos pagaron esa vez mi changarrito creció…

-Si pendejo, pero a costa de un chingo de familias, sin contar a los pobres que metieron al tambo por tu cul…

-NUESTRA culpa. Y sí, ni pedo pues ¿no? son los gajes del oficio.

-Sí, ¡del oficio de matón! Ja ja ja ja…

-¡¡¡Qué te calles te digo!!! Oí un ruido allá afuera…. Ssshhhhhh

 

 

II

-¡Listo¡ Nada más almuerzo y nos vamos. ¿Traen todo? No quiero que salgan con sus mamadas de que se me olvidó esto… no traigo lo otro… ya los conozco… Esta vez es mucha lana…

-Sí, y dejen lo de la lana, si no nos sale o nos entamban o nos quiebran…

-Treinta segundos ya saben… treinta segundos. ¿Ustedes ya almorzaron? No quiero que se me vayan a desmayar a la mitad de la chamba porque con uno que pesquen, nos atoran a todos. ¡Hitler! ¿Cómo quedó la nave?

-Al tiro maestro, ya sabes… pero… yo sí tengo hambre.

-Pus éntrale, échate un taco.

 

Nadie quería que los demás se dieran cuenta, pero yo sí los vi. Yo si vi que tenían miedo, mucho miedo; como nunca. Y los entendía porque yo sentía más miedo que ellos: era como matar a un amigo.

 

 

III

-¿Ya viste? Ya llegaron.

-Símón… acuérdense, nada más a ese güey… sólo nos pagaron por ese güey, no la caguen, que nadie salga herido… treinta segundos y ya estuvo. Treinta… Si agarran a uno…

 

Y entonces esperamos a que salieran… no nos movíamos. Sudábamos mucho. Lo peor es que Martín andaba de pedorro. Yo creo que por los nervios.

Sabíamos lo que teníamos que hacer. No era como otras veces que ni sabemos a quién nos debemos chingar. Esa vez fue diferente, yo por alguna razón sentía que me iba a quebrar a un conocido, a un familiar, a un amigo… me di el último pasón y el semáforo que a cada rato veía se puso verde justo cuando estaban saliendo. Les grité que ya.

Hitler se jaló para la nave y nosotros nos pusimos las capuchas y en chinga bajamos el puente. Apenas se había subido a la troca y uno, dos, tres, cuatro balazos en la jeta.

Ese güey no supo ni qué pasó, por eso no sentí tan gacho. Más cabrón la pinche sangre que me cayó en la playera. Nel, no voy a olvidar su piche cara gorda llena de agujeros rojos.

De repente nos empezaron a soltar plomazos unos tiras, a Rubén le pegó uno en el brazo pero no nos dimos cuenta hasta que estábamos en la nave.

 

El Hitler le pisó hasta al fondo. No fueron más de treinta segundos. Salió de maravilla. Después botamos la nave…

 

-¿Cómo te atreves a decir esa pendejada? ¡Mataste a un pobre cabrón!

 

-Nel, ese señor que aunque no me caía mal sí era cabrón pero no era pobre. Se hacía pendejo para pagar porque se sentía protegido por el Carrillo pero ya ve Comandante, lo dejaron solo, solito. Y solo me lo quebré. Bueno nos lo quebramos. La neta sí me siento mal porque mis morritos lo veían en la tele. Si se siente feo, no crea que no, si también somos humanos, tenemos sentimientos, fue como matar a un familiar… a un amigo.

 

IV

-¿Quiénes fueron los pendejos que los atraparon?

-Los de la 108 y la 203 Jefe…

-¡Cómo son pendejos! Estos cabrones están bien parados, ya me llamaron y ¡me van a chingar! ¡Suéltalos antes de que haya pedo!

-Ya oyeron al Jefe. ¡Déjenlos ir! Pero entonces Comandante…

-Ya sabes a quienes… nomás no hagan mucho pinche escándalo que los de la tele casi casi nos linchan…

 

V

-Por la que siento más feo es por la güerita… tan sabrosa y tan pendeja…

-Ya, ya, no seas mamón, qué también te causa ternura el pinche bigotón sin pelos… a ver dilo otra vez…

-Sí lo digo…

-Pero gritando puto… para que nos caguemos de risa.

-Qué si lo digo…

-A ver…

-¡YO MATÉ AL GORDO COCODRILO!

-Ja ja ja ja ja ja ja

 

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