Antes de que salga el sol, doña María ya está de pie. Todos los días despierta y se levanta de la cama acomodándose el cabello alborotado frente al espejo de media luna, roto a la mitad.
Sale de su recámara sin hacer ruido para no despertar a su marido que aún sigue durmiendo. Se dirige a la cocina caminando entre la ropa sucia y revuelta tirada en el piso gris, agrietado y polvoriento. Con apurados pensamientos toma la cubeta verde que utiliza para transportar las bolsas de leche. Se apresura y sale a la calle iluminada aún con el escaso alumbrado público que en ocasiones funciona.
Luego de recorrer tres o cuatro cuadras llega a la distribuidora social. Hace fila durante diez minutos, tiene frío, pero ya está acostumbrada.
Media hora más tarde, de regreso en casa, despierta a sus cuatro hijos para que se vayan a la escuela. Dice que son unos holgazanes, que no le ayudan en nada y que seguido se meten en problemas, pero asegura no arrepentirse de haberlos traído al mundo.
Su marido sigue durmiendo: ayer fue miércoles y no llegó a comer ni a cenar porque se le atravesaron unos amigos que hace tiempo no veía y le fue imprescindible celebrar su encuentro brindando con caguamas en alguna banqueta de la colonia.
Mientras sus hijos se bañan, doña María prepara unos huevos revueltos en un sartén oxidado y ennegrecido a causa de las llamas azules que se desprenden de la vieja estufa amarilla.
De la recámara del fondo, junto al baño, a través de la cortina que funciona como puerta, aparecen uno a uno los chamacos –así les dice su mamá.
Como si no hubieran comido en días, los cuatro devoran su desayuno; luego van por sus mochilas mientras ella acomoda un poco el desorden que dejaron sobre la mesa… no va a desayunar, cuando regrese de dejarlos en la escuela quizás se tomará un café con pan, ahora ya no hay tiempo: si sus hijos llegan tarde, el conserje los pondrá a barrer la explanada y eso a ella no le gusta.
Con una mochila en cada hombro camina doña Mari, siguiendo el apresurado paso de sus hijos. El sol se asoma y a la mitad del camino, el niño más pequeño le recuerda que debe pagar la cuota de la próxima excursión. Con un cambio en la mirada de doña María que pasa de tranquilidad a preocupación y enojo sólo atina a contestarle que es a su padre a quien debe pedirle el dinero. Aunque la respuesta es sólo para el pequeño, la mirada la dirige a todo el grupo.
Al llegar a la escuela, los chamacos se despiden de su mamá con un beso en la mejilla y luego de la bendición a cada uno salen corriendo a sus salones.
Mientras los ve correr, se acerca su prima chica, la saluda e intercambian sonrisas hasta que doña María se entera que su marido salió otra vez de la cantina acompañado por sus amigos y por unas mujeres: no le importa, ya está acostumbrada.
Con la mirada perdida, como recordando tiempos mejores, saca de una bolsa de supermercado la libreta de taquimecanografía y un catálogo de cosméticos. En la libretita apunta los pagos de la tanda y los abonos de las ventas; en el catálogo aparecen desde lápices labiales hasta recipientes plásticos de obsequio.
Desafortunadamente la prima chica esta vez no le ha encargado nada nuevo ni le ha pagado nada viejo. Así, sus esperanzas de tener dinero para la comida de hoy se le han esfumado de las manos: de nuevo a pedir fiado pero, no importa, ya está acostumbrada.
Otra caminata la lleva al mercado que huele a fresco y rancio al mismo tiempo, a pescado y chicharrón recién cocido; focos de 60 watts aumentan los encantos y resaltan los colores de las frutas y verduras. Doña María observa detenidamente los cartones pegados a palitos de madera que le gritan los precios por kilo.
En la carnicería pide fiado medio kilo de chicharrón; en la verdulería, una cebolla, medio kilo de tomates y un puñado de chiles verdes. El menú de hoy: chicharrón en salsa verde con frijolitos refritos de ayer.
Tras prometer el futuro pago a los marchantes regresa a casa y en el camino se hace de un kilo de tortillas y dos litros de refresco.
Al llegar a lo que ella llama su hogar, se toma el café prometido y un bolillo duro que al contacto con el líquido aromático se vuelve blando y masticable.
Comienza entonces la labor extenuante de limpiar, barrer, sacudir y trapear; lavar la ropa y tenderla; lavar los trastes y asear la cocina mientras los tomates hierven.
De fondo escucha las voces de las conductoras del programa de televisión “Con sello de mujer”, pero con volumen moderado para no despertar a su marido: está crudo y no quiere que le pegue.
Por fortuna sus hijos regresan solos a casa y no tiene que preocuparse por eso.
Su marido despierta y con cara de pocos amigos llega al lugar donde ella se toma un breve, brevísimo descanso… lleva prisa rumbo al baño y no la nota.
Doña María al escuchar que su marido azota la puerta negra y cacariza, sostenida sólo por dos débiles bisagras, se convierte en un manojo de nervios y la calma y tranquilidad que aparentemente disfrutaba se transforman en miedo y ansiedad.
No sabe qué hacer ni cómo hacerlo: camina de un lado al otro, toma cosas y las vuelve a dejar sin usarlas, olvida dónde las pone. La comida todavía no está lista y su marido seguro tiene mucha hambre.
Intenta calmarse y procura que la comida pronto esté preparada: aumenta la intensidad del fuego.
El señor alto y con bigote descuidado sale del baño demostrando aparente serenidad; se dirige hacia ella. Sus miradas se encuentran. Se miran en silencio. Él recorre con la vista toda la casa; se quedan callados. El momento es muy tenso pero lo imposible ocurre.
El esposo de doña María camina hacia ella con pasos cortos, la abraza y la besa en la mejilla; ella, inmóvil, recibe el beso encogida de hombros… con miedo. Antes de salir de la casa, su marido la vuelve a ver y entre dientes le dice que regresará en un rato.
Doña Mari, con un suspiro de alivio se relaja y continúa con sus labores. Dice que a recibir besos de su esposo no está acostumbrada.
Al menos hoy, doña María no tiene nada que celebrar y este día no tiene diferencia alguna con otros días de su vida de casada.
La rutina determina su condición de mujer, de esposa, de ama de casa y de madre; rutina que seguirá realizando hasta que la muerte los separe.
Feliz día de la mujer, aunque no todas tengan algo que celebrar además de su supervivencia.